
Un homicidio ocurrido la noche del sábado en el deportivo San Agustín Ohtenco, en la alcaldía Milpa Alta, volvió a encender las alertas sobre una de las expresiones más perturbadoras de la violencia contemporánea: el crimen convertido en contenido.Ulises Enrique Castañeda asesinó a un hombre y posteriormente se grabó junto al cuerpo decapitado, difundiendo imágenes y videos a través de WhatsApp. En una de las grabaciones, el agresor agradece “las oraciones” recibidas, en un mensaje que evidencia no solo brutalidad, sino una distorsión extrema del lenguaje, la fe y la noción de responsabilidad.El hecho trasciende lo criminal. La decisión de documentar el asesinato y compartirlo como si se tratara de una publicación cotidiana refleja una normalización alarmante de la violencia, amplificada por el uso irresponsable de plataformas digitales. El agresor no solo buscó intimidar o presumir el acto: buscó audiencia.De acuerdo con información difundida por el periodista Carlos Jiménez, el material audiovisual fue enviado incluso a la madre del propio agresor, un elemento que subraya el grado de desconexión emocional y social del perpetrador, así como la ruptura de cualquier límite ético.La detención se concretó sin mayores complicaciones. El propio responsable dejó un rastro digital suficiente para su localización, lo que permitió una rápida intervención de agentes de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México y de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México.Más allá del caso específico, el episodio obliga a una reflexión de fondo: la violencia ya no solo se ejerce, se exhibe. En un entorno donde el impacto visual parece valer más que la vida humana, el crimen se transforma en espectáculo y el asesino en su propio narrador.Para Intercity Comunicación, este caso evidencia la urgencia de replantear el abordaje institucional, social y digital de la violencia, así como la responsabilidad colectiva frente a la difusión de contenidos criminales. La justicia debe actuar con firmeza, pero la sociedad también debe cuestionar el contexto que convierte el horror en mensaje y el asesinato en publicación.Porque cuando el crimen busca likes, el problema ya no es solo penal: es profundamente cultural.
